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jueves, 14 de octubre de 2010

15 cosas que nos fastidian de los restaurantes


1. Que cobren cubierto.
¿Es necesario que un restaurante cobre aparte el lavado del mantel y el detergente que usan para los tenedores? ¿No es más fácil prorratear el gasto en los demás precios del menú? La mayoría de la gente considera que $7 de cubierto es un abuso, pero no dirían nada si cada plato y cada postre costara uno o dos pesos más. Es como si yo fuese a un negocio de ropa y me cobraran $260 por un pantalón más $1 de perchero, $4 de probador y $1,50 por cada mirada al espejo. Un disparate.

2. Que cobren extra por compartir los platos.
La nueva avivada de moda en Buenos Aires es cobrarte un recargo si decidís comer un plato a medias. Son cada vez más los restaurantes bravucones que pusieron un impuesto a la austeridad para quienes tengan poca hambre o prefieran abocarse al postre. Si pedís un café de $7 o una Coca de $10 no pasa nada, pero si comés una tira de asado de $42 a medias, tenés $9 de recargo. ¿O sea que si como dos platos yo sola me hacen descuento?

3. Que apliquen la regla del 1,5 como si los clientes fuéramos estúpidos.
No sé si habrán notado que cada vez que dos comensales piden un mismo plato, en vez de venir dos porciones viene una y media repartida en dos platos, o en una bandeja más grande. Si pido dos woks idénticos, el chef no saltea dos porciones de pollo, no filetea dos porciones de champignones, ni pone dos puñados de almendras. Hace un wok más grande y lo divide en partes iguales. De la misma forma, si se piden dos porciones de papafritas, viene una bandeja grande que jamás tiene la misma cantidad que tienen dos chicas y si se piden dos tés, viene una tetera comunal con agua para dos clientes. No sé a quién se le ocurrió pero como estafa es brillante. Debe ser el único lugar del mundo donde cobrás medio al precio de dos y nadie te rompe la nariz de una piña.

4. Que intenten no entregar factura
El tema es controvertido. Todos sabemos que para tener un local abierto hay que pagar un montón de impuestos y aportes delirantes que nunca vuelven a la comunidad. Da bronca, nadie lo discute. Y no es que uno quiera ser más Don Carlos que Don Carlos, pero… ¿puede ser que en la mitad de los restaurantes no traigan la cuenta, o (lo que es peor) vengan con un ticket “no válido como factura”, una boleta genérica de librería vieja, o un papelito canchero sin ninguna validez legal y que cuando uno pida una factura para rendir los gastos lo miren con mala cara?

5. Que no avisen que el limón es Minerva. Que tengan limón Minerva. Que cobren recargo por limón y encima sea Minerva.
A la mayoría de los restauranteurs jamás se les ocurriría servir jugo Mocoretá de naranja en vez de exprimido, pero sí usan ese líquido espantoso con gusto a neumático que es el limón pasteurizado. Estoy harta de pedir una Coca Cola con limón y que me traigan esa jarrita demoníaca en vez de dos rodajitas recién cortadas y que encima después en el ticket aparezca $2,50 de recargo. Caraduras, planten un limonero en el fondo.

6. Que no te dejen elegir la mesa que vos querés.
Les dicen “hosts” o “anfitriones”, pero la verdad es que el tipo que te recibe en los restaurantes, más que un anfitrión, es un patovica entrenado para negar los boxes o las mesas lindas. Estoy harta de que no me dejen elegir la mesa. ¿Qué culpa tengo yo de que las mesas de dos sean más chiquitas y que los dueños las metan en pasillos, recovecos y otros lugares inmundos cerca del baño? ¿Acaso pago menos por un café si la mesa está en un lugar de paso? ¡Separenlas, rearmenlas, saquenlas, o pongan las mesas justas en los lugares que hay que ponerlas! Seamos 2, 4 o 1500, no queremos cenar al lado de la cocina y oler chaw fan mientras estamos tomando el café.

7. Que se hagan los shoqueados cuando devolvés un plato.
Cada vez que devolvés un plato, el manager o el dueño se acerca a ver si está todo bien, pero si le decís que el chef se olvidó la vinagreta o que el bife sigue crudo (nótese el “sigue”) se hace el sorprendido: “¿En serio? ¡Que raro!”, te dice y te pone cara dudosa. “¿Estás segura? ¿La revolviste?”. Nunca en la vida me dicen que siempre les pasa y que no me preocupe. Siempre me hacen sentir que yo soy una molesta o que tengo visiones, cuando bien saben que el chef se vive olvidando cosas o pueden ver que, efectivamente, la carne no está en su punto.

8. Que ahorren en el aceto y en el aceite de oliva.
Cada vez más restaurantes ponen el oliva y el aceto en coquetas botellas para disimular que lo único original que tienen es el color. Basta con ir a cualquier supermercado chino para verlos: la marca se llama algo de los olivos pero adentro hay aceite de girasol con un poco de oliva y colorante. Lo mismo con el aceto: eso que compran no es aceto. El aceto no tiene gusto a vinagre de alcohol. Prefiero que ofrezcan limón y aceite de maíz con la frente alta en vez de tratar de hacer pasar por algo bueno un aceite de porquería.

9. Que te hagan catar un López tinto y esperen tu veredicto como si fuera un Petrus 2006.
Si compro un vino barato, sé que es barato y punto. No me pidan que haga el ridículo haciéndome el sommelier delante de todo el mundo. Es obvio que lo voy a probar, voy a decir que está ok y listo… ¿Qué esperan? ¿Qué pida un decantador? Un día de estos me voy a cansar, lo voy a hacer girar en la copa, lo voy a mirar contraluz, voy a hacer gárgaras y lo voy a escupir en el piso y me voy a reír yo. Prepárense.

10. Que pongan la música alta.
Cuando voy a comer afuera quiero conversar, leer, descansar. Si deciden poner música —porque quieren crear un clima o porque quieren darle una pátina cool al restaurante— pónganla a un volumen prudente. Si hubiera querido escuchar Los Pericos al palo me hubiese comprado una máquina del tiempo al año 93 y no un combo 4 desayuno.

11. Que los dueños no intervengan cuando hay clientes molestos.
Cada vez que hay un cliente gritando por su teléfono celular, un nene enloquecido que hace espamento, o dos chicas que se ríen y golpean la mesa como animales, los managers miran para otro lado, esperando que otro cliente se acerque a decirle algo. Jamás vi que el dueño de un restaurante le fuera a pedir a un cliente que bajara el volumen. ¿No es curioso? Es su restaurante pero nosotros debemos mediar y negociar con otros clientes como si estuviéramos en la selva, sin normas, sin autoridad. ¡Son ellos los que deben garantizar la armonía, el bienestar y el clima de sus locales! Nosotros somos comensales y estamos ahí para disfrutar, no para trabajar de celadores ad honorem.

12. Que los baños no estén impecables, o que haya olor a baño en el salón.
No hay nada más inmundo que entrar a un baño sucio en el medio de una cena. Los restaurantes siempre aducen que los clientes son sucios y que limpian varias veces al día, pero eso no dura para justificar que no limpian lo suficiente. Yo he pasado ocho horas escribiendo en muchos bares y en todo ese tiempo, jamás vi a nadie entrar a pasar un trapo o a tirar desodorante. Si los clientes son, efectivamente, sucios, limpien más seguido o cambien de rubro.

13. Que insistan con los secamanos automáticos.
En esto voy a ser tajante: sólo un tarado puede estar dos o tres minutos frotándose las manos en el aire. Los clientes no somos el mimo Marcel Marceau y no tenemos ganas de jugar con una toalla imaginaria. Yo entiendo que quieran ahorrarse el papel, pero ese aparato absurdo no es una solución, es una catramina lerda que lo único que hace es apilar imbéciles al lado de la puerta. Prefiero que pongan una señora que dé el papel y que cobre; será abusivo pero al menos no es tan inútil.

14. Que alteren las recetas originales y no avisen.
Cuando yo leo “Ensalada Cesar” en un menú, asumo que es una ensalada César y no una adaptación berreta de lechuga criolla con mayonesa. Si van a reemplazar el parmesano en hebras por queso deshidratado, al menos avísenme. Y lo mismo cuando hay ingredientes de lata o ausentes. ¿Cómo saben que yo no pedí una ensalada específica justo porque quería esas nueces pecán o esos camarones que dice que tiene? ¿No debería decidir yo si todavía la quiero aunque venga sin nueces?

15. Que tomen reservas sólo hasta las 9 de la noche.
Ya sé. Mucha gente hace reservas, los deja plantados, y los restaurantes se quedan con las mesas vacías a las 11 de la noche, y pierden una tanda de clientes. Pero ni en los geriátricos la gente cena antes de las nueve de la noche. Cada vez tienen más reglas abusivas (como ésta, como la cobrar recargo por compartir, como hacerle pagar al cliente el lavado del mantel, como obligarnos a llevar papel higiénico en la cartera) y los clientes estamos perdiendo la paciencia poco a poco. Tener un restaurante implica tomar riesgos. A veces estarán llenos, a veces vacíos. A veces les usarán media botella de oliva a veces no. A veces pedirán tres platos por comensal y a veces compartirán uno entre otros. Entiéndanlo, muchachos: en los negocios a veces se gana y a veces se pierde. Ustedes no pueden ganar siempre.

¿A vos qué cosas te fastidian de los restaurantes?

Fuente: planetajoy.com

domingo, 11 de julio de 2010

¡No me explique nada: deme o haga lo que le pedí!

¿Somos explicadores? Un tema interesante, que discutíamos días pasados con amigos afectos a la buena calidad de servicio. Y todos coincidieron con mi reflexión de que los argentinos somos explicadores.

Un explicador es ese personaje, ya sea mozo, dueño de restaurante, prestador de algún servicio, vendedor de algún producto que no pudo entregar en tiempo y forma. No se disculpa con usted, o a lo sumo, muy excepcionalmente, lo hace después de haberle descargado una larga explicación de porqué no cumplió.

¡No me explique nada: deme  o haga lo que le pedí!

Disculparse o explicar. Personalmente me inclino por la primera opción. Cuando algo no salió como yo me esperaba y me sé responsable ante un tercero que confió en mí, prefiero disculparme, antes que andarle explicando. Si el afectado me pide alguna explicación, entonces sí, se la doy con mucho gusto, porque incluso me siento obligado a hacerlo.

El plato frío. Que levante la mano quien, de entre los que están leyendo en este momento la nota, no sufrió con la llegada del plato frío a la mesa. A mí me ha pasado de estar con el dueño de un restaurante en la mesa, y que comenzara a darme la explicación técnica del entuerto.

¿Qué hay que explicar si un plato llega frío al cliente? ¡Nada! No hay que explicarle nada, simplemente, se le pide una disculpa, se retira el plato y se lo trae nuevamente a la temperatura adecuada. ¿O acaso una explicación hará cobrar temperatura al plato? Quizás aumente la temperatura corporal del cliente, pero no del plato.

Demora en la cocina. ¿Y cuando tardan casi una hora en traerle unas crêpes de espinacas? Me pasó que tuve semanas de intercambio epistolar cuando escribí una nota denunciando este hecho, con nombre de restaurante y todo. ¿Qué hay que explicarle a este cliente? ¡Nada! Regálele una botella de vino; dele un vale para que venga a comer por cuenta de la casa una próxima vez; invítelo con el postre o una copa de despedida. Lo que sea, pero no le explique nada, insultando la inteligencia del cliente como si no tuviera la menor idea de que el plato que pidió está listo, y lo único que precisa es un golpe de horno para llevarlo a la mesa.

¿Y qué le explican? "Me faltaron dos cocineros". Y ahí, usted cliente, que lleva la hora esperando, le dice: "¿y porqué no me avisó antes de sentarme que debería esperar una hora para que me sirvan el primer plato?".

¡No me explique nada: deme  o haga lo que le pedí!

También le puede pasar como a mí, que me dijeron que la culpa la tenía el comensal que había pedido un primer plato y eso había demorado todos los demás. La disculpa no llegó jamás.

Papas "bravas". Debe haber pocos platos más típicos en España que estas afamadas papas. Un día las pido en un restaurant de amigos y aparecen unas papas blanquísimas como la nieve. Mi amigo español me mira, me pregunta si aquí se servían de este modo, y le dije que de ninguna manera. Viene la cocinera a mi requerimiento, y muy suelta de cuerpo me informa: "es que no teníamos el pimentón que necesita este plato". Mi pregunta abrió una brecha en esa amistad gastronómica que nunca terminó de cerrar. Dije: "¿y entonces porqué lo dejaste en el menú...?"

Parecía que hubiera convocado a Melpómene la musa responsable de la tragedia. No voy a exagerar diciendo que casi me golpean, pero lo dicho: hasta hoy soy mirado con cierto rencor por no saber comprender que bastan las intenciones y que el que se debe adaptar es el cliente: ¡que para eso hasta lo dejamos que pague por lo que no pidió!

Chimenea fatal. ¿Y cuándo advierte que su ropa está tomando olor a comida porque el restaurant de $ 250 el menú tiene un problemita de ventilación? Viene el mozo y le explica: "es que nos prohibieron usar la ventilación de la cocina hasta que reparemos un tramo de la chimenea que molesta a los vecinos del edificio vecino".

¿Cerrar hasta que esté la reparación? Ni soñar. ¿Hacer un descuento por la molestia? Ni se le ocurra sugerirlo. ¿Advertir al cliente antes de que el olor a cebolla impregne su saco de cashmere? Sólo a un loco podría proponer tal cosa. A lo suma le sugerirán salir con campera de cuero para evitar este trastorno

El cobro del cubierto. Ahí tiene un buen ejemplo de algo inexplicable. Está prohibido cobrar "cubierto" y otras morrallas en los restaurantes por resolución de la Secretaría de Comercio de la Nación. Nosotros lo decimos, y ¿qué pasó? ¡Nada! ¿Qué esperaba que pasara, so ingenuo?

Intente hacer notar esta infracción en un restaurante que la cometa. Lo mejor que le puede pasar es que lo consideren un desalumbrado y le perdonen la vida. Y si tiene suerte hasta por ahí le explican porqué le cobran lo que tienen prohibido. Eso sí, no pida demasiadas explicaciones porque ¡por ahí hasta se las cobran por dárselas!

Todo tiene una explicación. Ni hablar si salimos del tema de la enogastronomía por unos renglones. ¿Quién no se quedó sin conexión a Internet? Nuevamente convoco a que levanten la mano los lectores que recibieron una disculpa y no una pseudo explicación: "el servicio está cortado en toda su zona y estamos intentando repararlo".

¡No me explique nada: deme  o haga lo que le pedí!

Pero no avance queriendo saber cuándo volverá a tener servicio, y si se extiende más de un tiempo razonable: ¿constará en su próxima factura el descuento respectivo por el día sin servicio?

Lo máximo que puede escuchar del otro lado, como me pasó: es una carcajada, sospechando el operador de que me había pasado para el lado de los bromistas. O una amable telefonista, de esas controladas de acuerdo a lo que una voz anónima le advierte antes de comenzar su diálogo: "ésta comunicación puede estar siendo grabada para su mejor servicio" (¿habrá alguien que escuche esas grabaciones?), que de manera práctica, optó por colgarme después de 15 minutos de explicaciones inútiles.

Pensándolo bien. Hay quien me dirá que no sea tan quisquilloso y sea comprensivo con los explicadores, gracias a los cuales uno se va con las manos o el estómago vacío, ¡pero bien explicado! Visto de esta manera -que sigo sin compartir- la cosa termina tomando otro color. Y recuerde el dicho: Mollis sermo iram frangit ; (El hablar suave aplaca la cólera).

Fuente: lanacion.com

jueves, 20 de agosto de 2009

Los 10 restaurantes más insólitos de Buenos Aires

Toda gran ciudad tiene sus misterios y curiosidades. Y la gastronomía no es ajena a estas rarezas. Entre los miles de restaurantes que hay en Buenos Aires, algunos ofrecen cosas originales, a veces tan originales que rozan lo extravagante. Restaurantes en los que la experiencia de comer vale más que la comida en sí misma.

¿Sabías que podés comer sushi servido sobre el cuerpo de una mujer? ¿Que hay un restaurante donde antes de cenar te hacen masajes? ¿Que en uno comés en la cocina y que en otro te cocinás vos solo porque no hay cocinero? ¿Que hay un restaurante que usan baldosas en lugar de platos?

En esta nota te contamos cuáles son los 10 más curiosos. Si querés vivir una experiencia diferente, tomá nota y andá.

1. Comés sushi sobre el cuerpo de una mujer desnuda: L’Averno
La milenaria modalidad japonesa llamada nyotaimori, es furor en ciudades como Los Angeles, Londres y Nueva York, y consiste en servir piezas de sushi sobre el cuerpo de una mujer desnuda. L’Averno (un clásico bizarro para despedidas de solteros) es el primer lugar de Buenos Aires en tener su propio Body Club: cenas para seis que salen $100 por persona. Para que las chicas no se sientan excluidas, también hay bandejas masculinas.
Av. Corrientes 1632, Centro / T. 4371-1278

2. Un restaurante que no tiene cocinero: Mido
En este restaurante coreano ubicado en el Bajo Flores, no tienen cocinero. Sobre cada mesa hay una parrilla con brasas y un extractor de humo con tuberías de aluminio que suben hasta el techo. Junto con diferentes platillos (desde ostras frescas, hasta el típico Kimshi, un repollo fermentado y picantón) el mozo trae un plato con langostinos, panceta y carne cruda y una tijera de metal para que cada uno los corte en trozos y los haga vuelta y vuelta en la parrilla. Atención amable. Precio fijo de 50 pesos por persona, sin bebidas. No esperes un ambiente fashion tipo Las Cañitas. Esto se parece más bien a una estación de ómnibus, pero es lo que menos importa.
Avenida Carabobo 1575, Bajo Flores / T. 4632-7111

3. Comés y te hacen masajes: TukTuk
Este restaurante de Belgrano tiene dos salones. Uno con mesas y sillas,y otro con camillas. Cuando llegás te ofrecen dos cartas: una de platos thai y otra de masajes también tailandeses. Lo ideal es comenzar con un masaje y luego seguir las recomendaciones de maridaje del terapeuta para que “el efecto del masaje dure más”. Por ejemplo, tomar un masaje herbal de plantas medicinales y complementarlo una hora después –en la mesa- con una Tom Ka Kai (sopa de leche de coco, pollo y champiñones).Tuk Tuk es el otro extremo del fast food.
Mendoza 1970, Belgrano / T. 4783-0887

4. Un restaurante para intercambiar parejas: Escrúpulos
Sí, un restaurante diseñado y pensado para swingers. Acá nadie se va a escandalizar si mirás fijo al tipo o a la chica de la mesa de al lado. Todo lo contrario. Los platos no disimulan su razón de ser. Por ejemplo, a los ravioles neri de salmón en crema de eneldo y langostinos grillados se los llama “Cinco Negros en Tu Boca”, y a la tortilla de papas y verdeo con ensaladas de verdes, “La calidez de sus senos”. Un restaurante donde (salvo los platos) todo se comparte.
Anchorena 1121, Barrio Norte / T. 4961 8548

5. No hay menú y el dueño te cobra lo que quiere: Guido’s Bar
Un clásico de la mejor comida casera italiana que apareció en las noticias hace un par de meses cuando se supo que era el lugar de encuentro del infiel gobernador de Carolina del Sur y su amante argentina. Funciona así: te sentás y empiezan a traerte lo que sale dela cocina. Si te gusta, bien. Sino, esperá al próximo plato. Al final te cobran usando un criterio que nunca queda totalmente claro y que, dicen, muchas veces depende de la cara de cliente. Si vas en traje, lleva dos de cien, por las dudas.
República de la India 2843, Palermo Botánico / T. 4802-2391

6. Un restaurante sin platos. De Olivas i Lustres
Sebastián Taricca, dueño de Olivas i Lustres, restaurante pionero del tapeo en Buenos Aires, un buen día se peleó con su proveedor de vajilla y no le quedó otra que improvisar: recurrió a su tío, vendedor de azulejos y baldosas, para que le proveyera algunos productos y así zafar la noche. La ocurrencia resultó tan exitosa que continúa hasta el día de hoy: sirve todos los platos sobre baldosones, azulejos, mayólicas, adoquines y hasta en tubos de ensayo.
Gorriti 3972 / T. 4867-3388

7. El más chiquito de Buenos Aires: Casa Calma
Es el restaurante más pequeño de la ciudad y tiene sólo cuatro mesas en un salón de 20 metros cuadrados. Situado en el hotel Casa Calma, el primer “wellness hotel” de Buenos Aires (es decir, un hotel “eco friendly”), ofrece platos frescos y orgánicos con un jardín vertical a la vista. Previsiblemente, suele llenarse muy rápido.
Suipacha 1015 / T. 5199-2800

8. Te cocinan las madres; te atienden los alumnos: UGAB
¿Te acordás de las rifas que organizabas en quinto año para recaudar plata y así poder irte de viaje de egresados? Eso no es nada en comparación a lo que hacen los chicos del colegio Marie Manoogian, que no viajan a Bariloche, sino a Armenia. Para juntar fondos, empezaron a servir cenas los viernes a la noche en la sede de la UGAB (Unión General Armenia de Beneficencia). Sus madres y abuelas cocinan; ellos hacen de mozos. Hoy atienden también los sábados y es una opción más de las muchas de la zona para probar hummus, taboule y lechmeyun. También hay comida para llevar. Es algo ruidoso, pero se come de diez y a buen precio.
Armenia 1322, Palermo Soho / 4773-2820

9. No tiene salón, se come en la cocina: Sifones & Dragones
Una cocina con mesas. Así se define este pequeño restaurante en el que Mariana de Rosa (cocinera y dueña del lugar) cocina literalmente al lado tuyo y saca la comida que va directo a tu plato. Casi como comer en tu comedor diario, pero difícilmente en tu cocina prepares cosas tan ricas como las de acá: empandas thai de pollo y camarón, salmón marinado en menta, cilantro y jengibre, y risotto de trigo burgol son algunos de los platos que hay actualmente en la breve carta que varía cada 15 o 20 días.
Ciudad de la Paz 174 / T. 15 4413 9871

10. El precio lo pone el cliente: Pampa Picante
Es el más original de todos y el que debería haber encabezado el listado, pero lamentablemente la semana pasada cambió de modalidad. La picardía criolla pudo más. En el menú de este restaurante no había precios, sólo la descripción de los platos, pues a la hora de pagar la cuenta cada comensal decidía cuanto abonar por la comida consumida. Al principio los clientes eran razonables y pagaban lo justo. Pero luego la cosa se desmadró. Y ahora todos los platos tienen precio. “La nuestra es una apuesta por la confianza”, decían sus dueños. Apostaron mal.
Nicaragua 4610 / T. 4833 7251

Fuente: planetajoy.com
Por Claudio Weissfeld y Juan Aznarez


Cascada Inacayal - Villa La Angostura - Patagonia Argentina