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viernes, 21 de mayo de 2010

Argentina: Un gigante se ha vuelto a despertar

Argentina es el último gran descubrimiento del mundo vitivinícola. Nunca más encontraremos una superficie de viñedos tan extensa, una producción tan grande y regiones vitivinícolas inmensas tan desconocidas. Simplemente, ya no hay en el mundo zonas productoras de vino de esta envergadura que queden por descubrir.

A pesar de esto, Argentina no es ningún pequeño rincón enológico, escondido en un valle perdido. Es el cuarto productor de vino del mundo (puesto disputado con EEUU, cuya producción también incluye vino hecho de vides no europeas). Sus viñedos se desperdigan desde las alturas andinas y cuasibolivianas de Salta en el norte hasta el remoto y patagónico Río Negro en el sur. Argentina es uno de los gigantes del mundo del vino. Sin embargo, su riqueza enológica es poco conocida.


La historia del vino en Argentina empezó en la época del apogeo del imperio español. En esos tiempos esta inmensa tierra se gobernaba desde el Virreinato del Perú, lo que quiere decir que los edictos, las leyes y hasta las cartas tenían que salir de Cádiz, cruzar el Atlántico a Cuba, salir hacia Panamá, reembarcarse en el Pacífico hasta llegar a Callao, salir de Lima hacia el sur, cruzar los Andes antes de finalmente llegar al Río de la Plata. Esta distancia, física y temporal, ayudó a promover un ambiente de aislamiento que a veces se interpretaba como autonomía y que nos ayuda a entender la evolución de las actuales características argentinas de independencia y autoestima.

A finales de 1556 llegó a Santiago del Estero, al norte de Mendoza, un cura llamado Juan Cedrón. Entre sus escasas pertenencias trajo consigo algunas estacas de vid. Es muy probable que Cedrón fuera el primer viticultor argentino. Pero la Vitis vinifera no prospera en la costa oriental, es decir en zonas cercanas a la ya importante ciudad de Buenos Aires. Las regiones más adecuadas a la viticultura estaban a más de mil kilómetros de distancia, en plena vista de los magníficos Andes. El clima seco, las aguas puras de nieves derretidas, la falta de lluvia y una altura media de 600-800 metros sobre el nivel del mar ayudaron a producir racimos sanos y generosos.

La distancia entre la capital y estos centros de producción resultó ser demasiado grande para que los viticultores pudiesen sacar ventaja del enorme crecimiento de Buenos Aires. Esto no quiere decir que no surgieron pioneros con visión. Aimé Pouget, un francés con ideas muy claras, estableció en Mendoza un viñedo experimental, incorporando lo más avanzado de la viticultura de entonces, incluyendo variedades francesas importadas de Chile. La llegada del chardonnay y del malbec es de esos tiempos. Otra figura importante fue Tiburcio Benegas, que en 1883 plantó 250 hectáreas de viñedos de primera clase en Mendoza y construyó la bodega modelo llamada El Trapiche.

La verdadera revolución ocurrió a partir del 10 de abril de 1885, cuando se inauguró el ferrocarril en Mendoza. De repente se vislumbró la posibilidad de poder vender vino mendocino a la sedienta población porteña. En poco tiempo los viticultores notaron que una casta en particular se había adaptado con gran éxito a las condiciones mendocinas, especialmente a una altura de 850 metros. Esa 'uva francesa' (en realidad, la malbec), tiene la ventaja de producir vino de excelente y joven color, amables cualidades frutales, taninos dulces y un buen potencial para envejecimiento en grandes tinos de roble francés o bosnio.

Bodegas de un tamaño verdaderamente sorprendente, con sus propias estaciones de tren en Mendoza y en Buenos Aires no tardaron en aparecer, enriqueciendo de una manera casi increíble a dueños como el italiano Giol, que fue el primer multimillonario (más de 10 millones de dólares antes de 1900) mundial del vino.


El concepto de dinero fácil causó mucho daño a la industria vitivinícola argentina. Grandes terratenientes vivían del fruto de sus viñedos en un paraíso pseudoeuropeo en Buenos Aires, extrayendo mucho pero invirtiendo poco hasta que la calidad del vino era una consideración secundaria relativa al lucro. Viñedos de alta calidad (incluyendo a muchos de malbec) fueron extirpados para ser replantados con variedades de alto rendimiento (y pésima calidad) como la cereza grande.

Esta mentalidad finalmente llevó a la industria a la vera del colapso absoluto después de 1970. Las exportaciones cesaron, de un dólar el vino pasó a valer unos centavos, las industrias cerveceras y de bebidas gasificadas se llevaron tremendos segmentos del mercado del gigante herido.

Villa Atuel, la bodega más grande y extensa de mundo, quebró, espectacularmente, llevándose consigo a bancos y al porvenir de muchos campesinos sanrafaelinos de la provincia de Mendoza.


Por fortuna, todo esto empezó a cambiar a partir de mediados de los 90. Hoy día Argentina presenta una perspectiva de cambio y mejora fascinante. Productores como Nicolás Catena, Fabré Montmayou, Norton, José Alberto Zuccardi (de Mendoza), Etchart (de Salta), Humberto Canale (de Río Negro) y hasta cooperativas como La Riojana (de la provincia de La Rioja) se han dado cuenta de que Argentina solo podrá salvaguardar su inmensa industria vitivinícola si se mantiene al mismo nivel que otros grandes países productores. Lentamente estamos viendo la resurrección, como un ave fénix, de una industria cuyo potencial tiene que ser interesante.

domingo, 31 de enero de 2010

Una historia de trenes y vinos



Aunque suele ser menos considerada por su producción vitivinícola que Cuyo o el NOA, la región patagónica atesora su propio pasado de pioneros, esos que forjaron una industria en el desierto salvaje. La llegada del ferrocarril y el aprovechamiento de los ríos fueron fundamentales para transformar los otrora inhóspitos valles fluviales de Río Negro y Neuquén en oasis productivos.

La historia del vino está llena de curiosidades, pero pocas tan interesantes como la vitivinicultura patagónica. Pocos saben que el Alto Valle del Río Negro le debe la existencia de su riqueza y su población a un proceso que no deja de ser paradójico: un ferrocarril emplazado de apuro para llevar tropas hacia una abortada guerra con Chile tuvo como corolario la construcción de un formidable sistema de represas y canales financiada por ese mismo ferrocarril para fomentar el desarrollo agrícola y la inmigración masiva.

Logrado el segundo propósito, la industria vitivinícola se aquerenció en esa ecología de privilegio, creció y llegó a tener una época dorada, pero las sucesivas crisis y el posterior auge de otras alternativas más rentables la llevarían hasta hacerla casi desaparecer.
Una guerra que no fue
La génesis de semejante singularidad tiene su origen en 1881, cuando se firmó un tratado para establecer el límite definitivo entre los territorios de la Argentina y Chile, pero su texto no fue claro y se generaron controversias por la posesión de los territorios australes. La situación se volvió muy tensa a partir de 1894 y ambas naciones se embarcaron en una carrera armamentista que prenunciaba el inminente conflicto bélico. Los militares argentinos tenían buenas razones para sentirse más inquietos: una división chilena podía traspasar la frontera en horas, pero su equivalente de este lado de la Cordillera debía cruzar una meseta árida e inhabitada de 1000 kilómetros para arribar al mismo lugar.

La decisión del gobierno nacional no se hizo esperar, y el 16 de marzo de 1896 se firmó el contrato con el Ferrocarril del Sud, la empresa ferroviaria más grande de Sudamérica. La construcción de 554 kilómetros de vías en zona desértica, y con la premura del caso, no era una tarea sencilla. Pero el viejo ferrocarril inglés cumplió los plazos y, en algo más de dos años, a un promedio de unos 800 metros diarios a pico y pala, casi sin maquinarias pesadas, los rieles surcaron los suelos patagónicos, desde Bahía Blanca hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén. No obstante, para 1899 el fantasma de la guerra se había disipado. ¿Qué hacer con semejante infraestructura? Había que atraer inmigrantes para generar riquezas agrícolas y pecuarias que le dieran un sustento económico, aprovechando la cercanía de varios ríos caudalosos. Luego de largos años de estudios y proyectos se impuso la idea del ingeniero italiano César Cipolletti: levantar un dique sobre el río Neuquén y construir un canal de 130 kilómetros para bañar el Alto Valle por su lado norte. La monumental obra, iniciada en 1910, contó con la asistencia técnica, operativa y financiera del Ferrocarril del Sud, que facilitó un préstamo al gobierno para encarar los trabajos. Hacia fines de esa década el riego ya estaba funcionando y las actividades productivas se consolidaban rápidamente, en tres especialidades básicas: la alfalfa, los árboles frutales y la vid.
La edad de oro
Aunque hoy resulte difícil de creer, Río Negro fue la tercera provincia argentina en materia de uvas y de vinos -después de Mendoza y San Juan- por más de 50 años, hasta que la situación crítica del sector en el decenio 1985-1995 aniquiló a sus últimos productores independientes. Con excepción de Canale, no hubo, durante mucho tiempo, otros establecimientos o marcas que representaran a la provincia en las góndolas. Sin embargo, la historia de la vitivinicultura patagónica tuvo su propia edad de oro durante el período 1920-1960, cuando la región llegó a contar con 260 bodegas pequeñas, medianas y grandes, que elaboraban vinos de buena calidad y de variedades nobles.

La inclinación por las uvas más finas ha sido siempre una característica del terruño austral, ya que desde los comienzos del siglo XX sus viñateros interpretaron correctamente que el clima de la región era muy propicio para cultivar cepajes como malbec, merlot, pinot noir y semillón. Así lo testimonian algunos ilustres viajeros europeos que recorrieron la zona, como los expertos franceses J.A. Doleris (1910) y Louis Ravaz (1916). Ellos hablan en sendos libros de una ecología excepcional para la vid, sana y luminosa.

Tanto en las épocas de mayor desarrollo en superficie (17.000 hectáreas hacia 1968) como hoy (4000 hectáreas), el viñedo rionegrino tuvo como protagonistas las cepas más destacadas.

Lamentablemente, aquella coyuntura de "mucha cantidad y baja calidad", propia de los años setenta, no perdonó a los tranquilos productores locales, quienes intentaron llevar adelante un modelo de volumen acorde a los tiempos que corrían, pero impracticable en una región fría. Eran los días del vino burdo en damajuana, cuando muy pocos eran capaces de valorar la elegancia que otorga a los racimos el clima fresco y moderado de los viñedos del Sur. Ese contexto, sumado a una política comercial demasiado cerrada y localista, determinó la imposibilidad de competir con Mendoza y San Juan, y la mayoría de sus protagonistas no tuvo más remedio que erradicar los viñedos para plantar peras y manzanas.

¿Y qué pasó con las bodegas?
Recorriendo el Alto Valle se pueden ver aún los cascos de muchas de ellas, abandonadas, pero aún impactando por su envergadura, solidez y calidad de construcción, como enormes fantasmas que se niegan a desaparecer: Barón de Río Negro, La Mayorina, Bagliani, Del Hierro y Palmieri. Debieron pasar muchos años para que tan noble y laboriosa actividad floreceriera nuevamente.

Y, así, los últimos tiempos han sido testigos del retorno de los vinos australes de la mano de nuevos emprendimientos en la región. En Neuquén, el gran enclave bodeguero se sitúa en San Patricio del Chañar, donde conviven las bodegas Del Fin del Mundo, NQN, Familia Schröeder, Valle Perdido, Familia Grittini y Secreto Patagónico. Un poco más al Oeste, en Añelo, se ubica Universo Austral. La vecina provincia de Río Negro atesora la historia centenaria de la siempre vigente Canale, a la que se suman Infinitus, Estepa, Chacra, Noemía, Agrestis, Chacras del Sol y Familia Basanta, todas ellas en el Alto Valle. Hacia el Este, la vitivinicultura de calidad también resurge en los establecimientos Rivus, en Darwin, y Océano, en Viedma.

Pero la generosa Patagonia del vino no se agota allí; también hay que moverse hacia los extremos geográficos para conocer lo que está haciendo la Bodega del Desierto en 25 de Mayo, La Pampa, sobre el río Colorado (un terruño patagónico por historia y por geografía). Finalmente, vale la pena el "tirón" más largo hasta El Hoyo de Epuyén, en Chubut, donde Bernardo Weinert elabora los vinos más australes de América, mientras experimenta con sus vides aún más al Sur, al borde del paralelo 43.

Eso es, en esencia, la Patagonia. La tierra que cautivó a Darwin, que inspiró a Verne y a Poe. La tierra de emociones genuinas y gratos descubrimientos.

Gustavo Choren
El autor es periodista, escritor y jurado internacional de vinos. Autor de Vinos de la Patagonia y El gran libro del Malbec argentino, entre otros.
Fuente: lanacion.com

Cascada Inacayal - Villa La Angostura - Patagonia Argentina